Abril 20, 2026

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Irán y Arabia Saudita anunciaron el restablecimiento de sus relaciones diplomáticas, después de años de suspensión por los ataques sufridos en 2016 en las sedes diplomáticas del reino wahabí en Teherán y Mashhad.
Mohammad bin Salman Foto: Ron Przysucha / Departamento de Estado de EE. UU. vía Flickr Dominio Público El acuerdo entre las dos potencias chií y suní de Oriente Medio se ha cerrado en China, donde las dos partes mantenían negociaciones con el apoyo de Pekín.
Arabia Saudita e Irán, las dos principales potencias del golfo Pérsico, la primera musulmana suní y la segunda chií, han mantenido desde 1979 un pulso por la supremacía en la región tras el triunfo de la Revolución Islámica en Irán que lideró el Ayatollah Khomeini.
En paralelo existía una tensión permanente, ya que Riad es aliado de Washington, mientras que Teherán considera a EEUU como su principal enemigo junto con Israel.
En julio de 1987 las relaciones se deterioraron considerablemente hasta llegar a la ruptura tras la muerte de más de 400 peregrinos musulmanes, la mayoría iraníes, en enfrentamientos con la policía saudita en la ciudad sagrada de La Meca durante los rituales de «Al Hach», mientras se manifestaban contra Estados Unidos e Israel.
Irán llegó incluso a pedir el derrocamiento de la monarquía saudita, a la que acusó de descuidar la seguridad en los lugares santos del Islam.
En 1990, tres años después de los disturbios de La Meca, los dos países reanudaron sus relaciones diplomáticas una vez que Irán tomó una actitud neutral durante la crisis y guerra del Golfo y rechazara la ocupación de Kuwait por Irak.
Con la llegada al poder en Irán en 1997 del reformista Mohamed Khatamí, las relaciones mejoraron sustancialmente y se fortalecieron en mayo de 1999 con la visita de éste al reino wahabí, la primera de un presidente iraní desde la Revolución Islámica.
Ambos países comenzaron entonces a intercambiar visitas de ministros, hasta llegar a la firma de un acuerdo en materia de terrorismo en abril de 2001.
Sin embargo, la tensión se ha agudizado en los últimos años con los levantamientos y revoluciones en los países árabes, sobre los que mantienen posturas discrepantes, especialmente sobre Bahréin y Siria, y también debido a las protestas en demanda de derechos de la minoritaria comunidad chií saudita.
En Siria, Irán apoya al régimen de Bashar al Assad en su lucha contra los rebeldes sunníes, mientras las autoridades de Bahréin acusan a Teherán de dar soporte a la opositora y mayoritaria comunidad chíi que también protagonizó una revuelta social en 2011.
En marzo de 2013, las autoridades sauditas anunciaron que habían desarticulado una supuesta red de espionaje vinculada a Irán, con la detención de dieciocho personas.
Riad rompió relaciones diplomáticas con Irán el 3 de enero de 2016 tras el asalto a la embajada saudita en Teherán y su consulado en Mashhad y un día después de la ejecución del clérigo chií disidente saudita, Nimr Baqir al Nimr.
En junio de 2017 se abrió otra nuevo escollo después de que el régimen de Teherán vinculara a EEUU y a Arabia Saudita con los atentados perpetrados por el Estado Islámico (EI) que sesgaron la vida de 17 personas en el mausoleo del imán Khomenini en la capital iraní.
Otra nueva crisis afectó en septiembre de 2019 a cuatro países: Irán, Yemen, Arabia Saudita y EEUU después de que los rebeldes hutíes del Yemen lanzaran un ataque con diez aviones no tripulados contra dos refinerías de la petrolera estatal saudita Aramco, que le supuso reducir su producción en un 50 % y de los que EEUU acusó a Irán.
En abril de 2021, ambos países entablaron negociaciones en Bagdad y el 17 enero 2022, Teherán envió a tres diplomáticos a Riad como representantes ante la Organización de Cooperación Islámica (OCI), la primera vez en seis años tras la ruptura de relaciones.
En mayo del año pasado, el ministro iraní de Exteriores, Hosein Amir Abdolahian, confirmó que había habido «pocos pero buenos» progresos en las negociaciones para normalizar las relaciones bilaterales y en julio, tras varias rondas de encuentros en secreto en Irak a nivel de jefes de inteligencia y seguridad, acordaron celebrar una primera reunión de ministros de modo abierto y a nivel político.
El 21 de diciembre Abdolahian se reunió con su homólogo saudita, Faisal bin Farhan, en la conferencia «Bagdad-2» en Amán, la capital jordana, en el encuentro de mayor nivel entre los dos estados.
Finalmente este viernes Irán y Arabia Saudí anunciaron un acuerdo que restablece sus relaciones diplomáticas, según un comunicado conjunto que precisa que ambos países reabren sus embajadas respectivas «en dos meses». EFE
La Oficina de la ONU para los Derechos Humanos mostró su preocupación por las denuncias de misteriosos envenenamientos con gas en colegios femeninos de diversas ciudades iraníes y pidió que se investiguen de forma transparente.
Fuerzas de la Guardia Revolucionaria Islámica marchan en Teheran Foto ilustración: Farsnews.ir CC BY 4.0 «Nos preocupa mucho que las niñas puedan ser víctimas de ataques deliberados y aunque las autoridades ya han asegurado que están investigando los incidentes, urgimos a que tales pesquisas sean transparentes y sus resultados sean hechos públicos», indicó en rueda de prensa la portavoz de la oficina Ravina Shamdasani.
Reiteró además la condena de la oficina que dirige el alto comisionado Volker Türk a «toda forma de violencia contra mujeres y niñas», para a continuación pedir a las autoridades de Irán que «introduzcan legislación efectiva para impedir este tipo de actos violentos y otos discriminatorios».
En la misma rueda de prensa, la portavoz de la Organización Mundial de la Salud (OMS) Margaret Harris señaló que la agencia está en contacto con las autoridades sanitarias de Irán y con profesionales médicos para intentar conocer los detalles de estos sucesos.
Cerca de un millar de alumnas han sido envenenadas con un supuesto gas en unos 50 centros educativos femeninos de una decena de ciudades de Irán desde noviembre, en unos incidentes que comenzaron en la ciudad santa del chiísmo de Qom y que se han multiplicado en los últimos días.
Algunas teorías apuntan a fundamentalistas que buscan venganza por el papel de las jóvenes en las protestas desatadas por la muerte en septiembre de Mahsa Amini, tras ser detenida por no llevar bien puesto el velo.
Las alumnas de colegios e institutos participaron en esas protestas de marcado tono feminista, se quitaron los velos, gritaron «mujer, vida, libertad» e hicieron cortes de manga a retratos del líder supremo de Irán, Ali Khameneí, y al fallecido ayatolá Ruhollah Khomeiní. EFE
El término guerra de desgaste se refiere a un conflicto bélico en el cual el vencedor es el que resiste más en pie, dejando al adversario derrotado por cansancio
Vladimir Putin durante una sesión de la Duma en Moscú Foto archivo: Kremlin.ru CC BY 4.0 vía Wikimedia Commons En la actual coyuntura en los frentes de guerra entre Rusia y Ucrania, cada vez más enfangados de cadáveres, nadie sabe a ciencia cierta quien tiene la iniciativa y, sobre todo, más capacidad de resistencia para desgastar al otro.
Cuando ha pasado ya un año desde que comenzó la agresión rusa a Ucrania, que en principio se preveía para Moscú como un paseo militar sin complicaciones, los frentes de batalla aparecen empantanados, sin apenas avances, y cada vez más centrados en el control por la parte rusa de las regiones del Dombás y el Donetsk y la consolidación de sus posiciones en los puertos del mar Negro y alrededores. Mientras Rusia avanza a base de sangre, sudor y lágrimas, dejando en el camino miles de víctimas, Ucrania resiste heroicamente y parece haber perdido la iniciativa que tuvo el pasado otoño, en que recuperó numerosos territorios a los rusos, y se limita a contrarrestar las ofensivas de su brutal enemigo.
Como ocurrió en la guerra entre Egipto e Israel entre 1968 y 1970, considerada por los expertos en doctrina militar como la más típica guerra de desgaste, el conflicto entre Rusia y Ucrania ha entrado en un punto muerto porque prosigue en el mismo lugar, con los mismos soldados, los mismos tanques y armamentos. Pero, en este caso, el elemento novedoso es el apoyo occidental a Ucrania con ingentes envíos de pertrechos militares, muchos de última generación, y la utilización de fuentes de la inteligencia de la misma procedencia para señalar los objetivos rusos. Nadie, en las actuales circunstancias y sin avances sustanciales en los frentes de batalla, aparece como el perdedor de una clásica guerra de desgaste, sino que ambos bandos muestran la suficiente capacidad de resistencia, suministros militares y fuerzas para continuar la guerra durante mucho tiempo. Un escenario, cuando menos, agotador.
Para Rusia, el problema radica en que no hay vuelta atrás y la victoria en la guerra, aunque sea pírrica manteniendo el Dombás y otros territorios arrebatados a Ucrania, está absolutamente ligada a la supervivencia política del presidente ruso, Vladimir Putin, quien no puede permitirse una derrota ni ante su país, sobre todo ante las elites políticas y económicas, y ante sus escasos aliados en la comunidad internacional, que comenzarían a cuestionar su liderazgo y autoridad para ejercer el mismo en el mundo. Putin, además, no ha mostrado en sus últimas declaraciones públicas ninguna voluntad para iniciar un diálogo con sus declarados enemigos e iniciar un proceso político negociador que ponga fin a la guerra, sino más bien lo contrario: exhibe cada vez más un tono más belicista y su retórica anti occidental comienza a rozar el delirio nacionalsocialista tan parecido al discurso antisemita de Hitler al final de la guerra cuando se refería a la “judería internacional”.
Mientras que para Ucrania dar marcha atrás ahora sería suicida y quizá el final para siempre de su soberanía nacional y territorial, que Rusia había asegurado respetar en 1991, tras la implosión de la Unión Soviética y la errónea entrega por parte de los ucranios de su armamento nuclear a sus ahora enemigos rusos. La supervivencia de Ucrania, como un Estado democrático y libre anclado en la Unión Europea (UE) y la OTAN, pasa también por una victoria pírrica en la guerra y demostrar a Rusia su error al invadir Ucrania. Pero, no cabe duda que los sueños ucranios son la pesadilla de Putin y que los objetivos de ambos bandos están, por ahora, muy lejos de ser no ya coincidentes, sino algo más cercanos a la cruda realidad sobre el terreno.
SIN AVANCES EN EL FRENTE DIPLOMÁTICO
Aparte del disparatado plan chino para lograr la paz en Ucrania, que ni siquiera condenaba la agresión rusa ni exigía la devolución de todos los territorios ocupados a Ucrania, incluyendo Crimea, en el plano político y diplomático tampoco se atisban avances. Hasta ahora casi todos los planes e iniciativas presentadas, como la china y la surrealista del presidente mexicano, AMLO (Andrés Manuel López Obrador), pasan por la rendición incondicional de Ucrania y porque este país acepte como un “mal menor” la entrega de una buena parte de su base territorial -aproximadamente el 25% de su territorio si incluimos Crimea y los nuevos territorios ocupados por los rusos en el mar Negro- a Rusia para asegurarse una suerte de paz fría por unos años.
Este discurso, también subyacente en una buena parte de la izquierda europea que grita inútilmente el “no a la guerra” sin condenar a Rusia y en los países que todavía apoyan a Putin, como la India, China, Serbia y la Hungría del neofascista Viktor Orbán, se basa en la vieja política del apaciguamiento que llevó a Europa a la Segunda Guerra Mundial. En septiembre de 1938, conviene recordar, los primeros ministros de Francia y el Reino Unido, Edouard Daladier y Arthur Neville Chamberlain, respectivamente, entregaron los Sudetes checos a Adolf Hitler para saciar su voraz apetito territorial en los ignominiosos acuerdos de Múnich, rubricados también por el dictador fascista italiano Benito Mussolini. Unos meses después, vista la debilidad de Europa a la hora de defender sus principios morales y éticos, Hitler se anexionó los restos de lo que quedaba de Checoslovaquia, ante el silencio cómplice del mundo, y el 1 de septiembre de 1939 atacaba Polonia, comenzando la Segunda Guerra Mundial en el continente y la mayor matanza de la historia: el Holocausto.
Hoy los que invocan el apaciguamiento con Rusia obvian la historia y la forma cómo Putin ha actuado con casi todos sus vecinos en los últimos años, en que ha ocupado territorios a Ucrania, Georgia, Moldavia e incluso a su “aliada” Armenia. También arrasando a sangre y fuego sin ningún pudor a Chechenia. Putin solamente entiende el lenguaje de la guerra, no admite ningún tipo de disidencia en el interior de Rusia y es un criminal de guerra sin necesidad de usar ningún otro eufemismo, tal como ha demostrado con sus indiscriminados ataques a objetivos civiles sin interés militar en la guerra de Ucrania. Vive en un pasado que no existe, una Rusia imperial que no volverá, pero que puede convertirse en una pesadilla para Europa y también para el mundo.
En fin, pasó un año desde el comienzo del conflicto, la guerra sigue su curso y las Naciones Unidas volvieron a mostrar su inutilidad congénita, como tantas veces en su inerte existencia y tantos sangrientos episodios que nos dejó para el recuento de una historia terrible: Ruanda, Bosnia y Herzegovina, Chechenia, Yemen y Siria, por citar solamente algunos casos. Lo único que ha quedado constatado en este largo, sangriento, duro y triste año de guerra en Ucrania es la soledad de Rusia en la escena internacional. La última resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, exigiendo la retirada de las tropas rusas de Ucrania, solamente cosechó seis votos negativos (Rusia, Bielorrusia, Corea del Norte, Malí, Eritrea y Siria) y 141 a favor de la misma, una muestra del rechazo unánime y universal a esta injusta guerra. Algo es algo, aunque sea demasiado poco para Ucrania.
Fuente: Aurora Digital Ricardo Angoso

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