Abril 18, 2026
Benjamín Netanyahu Foto: Amos ben Gershom GPO vía Facebook

Las fiestas del calendario judío en Israel, pero en especial la celebración del Año Nuevo y de Iom Kipur (el Día del Perdón), están siempre envueltas en un clima de tranquilidad, de serenidad y de recogimiento, que se acentúa por la escasa (o nula) circulación de vehículos y del cierre de toda actividad y que imprimen a esos días un carácter ceremonial especial, aún para aquellas numerosas personas alejados de los rituales que acompañan a esas fechas.
Este año no es una excepción, aunque estas fechas estén marcadas por la pandemia del Coronavirus y el clima de serenidad y de recogimiento en la celebración de estas fiestas está fuertemente influenciado por las directivas de encierro y aislamiento dictadas por las autoridades (quizás será más correcto decir “balbuceadas” por las autoridades, porque pocas veces unas directivas gubernamentales han tenido -y siguen teniendo- tantas idas y vueltas). Pero este año, a diferencia de lo que estamos acostumbrados, ese clima de recogimiento, de tranquilidad y de seguridad, lejos de ser el preludio de un retorno gozoso a la actividad cotidiana, se parece más bien a la calma que precede a la tormenta. Y no sabemos qué tormentas esperar y cómo prepararnos para ellas.
Porque ese es el ambiente que se ha ido creando, más allá de la pandemia y más acá de las dudosas directivas que se han ido acumulando (y contradiciéndose una y otra vez). Porque la orgullosa sociedad que en abril se jactaba de atravesar la pandemia prácticamente incólume y ofrecía consejos al resto del mundo, se encuentra hoy desorientada, enojada, descreída y por sobre todo carente -o al menos así parece- de una perspectiva clara de futuro. Y es que junto con la pandemia, cuyos impactos sanitarios pero también económicos y sociales compartimos con el resto del mundo, nos encontramos caminando por la cuerda floja de un sistema que se proclama democrático pero que aprovecha todas las naturales imperfecciones de ese sistema para ir demoliendo sus bases de sustentación.
Así, el titular del Poder Ejecutivo, nuestro Primer Ministro durante los últimos 11 años (y aspira a más), es un maestro en el arte de aprovechar las oportunidades que presentan las estructuras legales para mantenerse en el poder, pese a los juicios penales a los que está sujeto, y un experto en la manipulación de la verdad, cuyos matices explota sabiamente. Pero no está solo en eso; cuenta con una base que parece aceptar ciegamente sus ataques al Poder Judicial y a todas aquellas instituciones que le molestan (y a las personas que las representan), y que está dispuesta a enfrentarse con quien sea. De hecho, es cada vez mayor la sensación de que un enfrentamiento civil interno es una posibilidad de ninguna manera descartable, y tanto la militancia del llamado “partido de los asentamientos” como la aureola ascendente de Naftali Bennet y sus seguidores -ambos portadores de una visión mesiánica que coexiste, curiosamente, con la de la “start up nation”- contribuyen a esa sensación.
En este contexto se hizo público el anuncio del establecimiento de relaciones -diplomáticas, económicas, culturales, de seguridad- entre Israel y la Unión de Emiratos Arabes (UEA), a lo que luego se agregó un acuerdo similar con Bahrain, otra nación árabe del Golfo Pérsico, gracias a los buenos oficios de los EEUU (pero seguramente motivados sobre todo por el interés de los EEUU por mostrar éxitos en el ámbito externo antes de las elecciones norteamericanas el próximo noviembre). Pero aun reconociendo la eventual importancia de estos acuerdos (en Israel sólo manifestaron su amargura los colonos de los asentamientos y Bennet y sus seguidores, cuya visión mesiánica los lleva a deplorar que no se haya aprovechado la oportunidad para anexar los territorios ocupados), es preciso reconocer que la opinión pública no ha salido tumultuosamente a festejarlos. Es más; el episodio de la frustrada intención del Primer Ministro de alquilar un avión particular para llevarlo a él y a su familia a la ceremonia de la firma de los acuerdos en Washington, tuvo en su momento tanta o más cobertura que los propios acuerdos.
Y es que el ambiente que caracteriza en estos días a la población es difícil de definir, aunque no se caracteriza por una disciplinada respuesta a las directivas gubernamentales que -es necesario repetirlo una y otra vez- no se destacan por su coherencia. Cómo repercutirá ese ambiente sobre la evolución de la pandemia, por un lado, y sobre sus efectos económicos y sociales, por el otro, constituye hasta ahora una incógnita. Pero las estimaciones sobre desempleo y caídas en la actividad económica que hace públicas el Banco de Israel apuntan hacia la gravedad de la situación, al mismo tiempo que destacan cómo la repercusión es mayor en los sectores de menores ingresos (ver al efecto la exposición del director del Dpto. de Investigaciones Económicas del Banco de Israel, Michael Strawczynski, en el Foro Macroeconómico de la Universidad Bar Ilán, el 17 de septiembre).
Ciertamente, el gobierno ha tomado medidas para paliar estas situaciones, y ha dispuesto aumentos en los recursos destinados a mantener en lo posible los puestos de trabajo y subsidios a la desocupación. Pero una muestra de la desconfianza generalizada que existe sobre la forma en que el gobierno maneja esos recursos, podría encontrarse en un comentario del presidente del Banco de Israel, en su intervención en la reunión de Gabinete del 21 de septiembre.
En esa ocasión, y haciendo referencia a los gastos votados en el marco del combate a la crisis económica suscitada a raíz de la pandemia, señaló que: “la experiencia desde el comienzo de la crisis muestra que el costo actual de algunos de los programas que han sido aprobados hasta ahora -en especial en el área de apoyo a empresas- ha sido menor de lo que se había presupuestado. La responsabilidad por la determinación de los costos esperados de los varios programas es del Ministerio de Hacienda, pero es importante, si resulta más adelante que los costos de los programas existentes y los presentados hoy son menores que lo esperado, que los montos sobrantes no sean asignados a otros propósitos sin una discusión en profundidad. Por su naturaleza, para las redes de seguridad se asignan recursos para cubrir riesgos que no necesariamente llegan a concretarse, y en la medida que ello ocurre, debemos actuar con prudencia con los recursos que no son utilizados.” A buen entendedor, pocas palabras bastan para vincular esta advertencia con la práctica, cada vez más generalizada en esta Administración, de asignar recursos para satisfacer intereses particulares más que en beneficio de toda población, saltándose los controles que todo proceso democrático requiere.
De todo esto comienza a tomar conciencia una parte cada vez mayor de la sociedad. Las manifestaciones en Jerusalén, en Cesárea, en los principales puentes y cruces del país, son un reflejo de ello; su persistencia abre esperanzas en esta sociedad hoy desorientada, enojada, descreída. Quizás no haya mejor deseo que éste en el nuevo año que comienza.
jFuente : Aurora Digital
Por Benito Roitman
Rosh haShana es el comienzo del nuevo año judío. En pocas horas iniciaremos el año 5780.

Comenzar un nuevo año es, por supuesto, un motivo de celebración y alegría. Es por eso que durante la primera y la segunda noche de Rosh haShana, las noches del 29 y 30 de Septiembre respectivamente, realizamos una ceremonia especial o «Seder» donde deseamos unos a otros tener un año de paz, prosperidad y alegría.

Pero para el pueblo judío un nuevo año también (o principalmente) significa un evento serio. Al punto de que los Sabios hablaron más, mucho más, sobre los aspectos serios de Rosh haShaná que sobre los aspectos celebratorios de Rosh haShaná.

Los rabinos de Mishná explicaron que Rosh haShaná es nada menos que el día del juicio (יום הדין). ¿A qué juicio se refieren los Sabios? Al más significativo: a evaluar si estoy haciendo con mi tiempo y con mi vida lo que se supone que debo hacer.

¿Y adivina quién me va a estar juzgando?

Dios. Y yo mismo

El juicio comienza la primera mañana de Rosh haShaná, el 1 de Tishrí, que este año corresponde al lunes 30 de Septiembre. Cuando entramos a la sinagoga debemos imaginarnos que estamos ingresando en la corte y que estamos a punto de ser juzgados. Nuestro primer desafío, probablemente el más difícil, es identificar al Juez. Él está allí, pero no puede ser visto de una manera normal. Para «ver» al juez, para sentir Su presencia, debemos usar la ayuda de nuestras Tefilot, plegarias y oraciones. Cuando rezamos en Rosh Hashaná vamos a notar una y otra vez la enfatización de una palabra clave: “MELEJ”, que en hebreo significa “Rey” (o MALKENU, nuestro Rey). «Rey» en el contexto de Rosh haShana significa «Juez». En Rosh HaShana pensamos en Dios como el Rey / Juez. Juzgar a sus súbditos era uno de los roles principales de los reyes de Israel (pensemos, por ejemplo, en el juicio del rey Salomón). El Rey era la figura judicial más elevada y la instancia final. Por lo tanto, desde Rosh haShana y hasta el final de Yom Kipur, cuando la sentencia definitiva será emitida, nos referiremos a Dios como nuestro Juez.

El evento más especial de Rosh haShana también tiene como objetivo ayudarnos a identificar al Juez y hacernos sentir que estamos frente a Él. Me refiero a la voz del Shofar, el cuerno del carnero. En el antiguo Israel, el Shofar se hacia escuchar frente a todo el pueblo cuando un nuevo Rey era coronado. Al escuchar el Shofar debemos sentir que estamos parados frente a Dios, y que Él ahora nos está juzgando. Esta es la manera en la que individualmente «coronamos» a Dios, lo aceptamos como nuestro Juez.

Si NO nos tomamos esta idea a la ligera, al escuchar el Shofar podríamos sentirnos abrumados, paralizados y conmocionados. Porque nos damos cuenta de que no podemos fingir ni ocultarle nada a Dios. Porque Él nos conoce mejor que nosotros mismos.

Si esto sucede, si lloramos, nos emocionamos y sentimos escalofríos al escuchar el Shofar, significa que el Shofar está funcionando bien, y que estamos reaccionando correctamente a su penetrante sonido.

Cuando se escucha el Shofar no tenemos que pedir perdón, confesar o arrepentirnos (y ni hace falta mencionar que en ese momento no debemos solicitar in pedirle nada a Dios). Todo eso es extremadamente importante, pero este no es el momento.

Maimónides explica claramente que la misión del Shofar es ”despertarnos”, es decir, su sonido nos tiene que ayudar a tomar conciencia de que estamos siendo juzgados, y especialmente que Dios es Quien preside la corte.

El Shofar declara que HaShem es nuestro Rey y Juez ( ‘להמליך את ה) y es nuestro deber hacer el mayor esfuerzo posible por visualizar (¡sin visualizar a Dios!) que estamos frente a Él, frente a Su Trono, y sentir que Él nos está llamando a comparecer en Su corte.

Una vez que nos despertemos, eventualmente, reconoceremos nuestras faltas, las confesaremos, las repararemos y nos transformaremos en mejores personas.

Les Deseamos Feliz Rosh haShaná

Pacífico Comunicaciones
Victor Villasante

Pacifico Comunicaciones

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